Elecciones en EU. ¿Qué le conviene a la 4T?

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Francisco Rodríguez

Para México, y particularmente para quienes nos oponemos a la consolidación de la narcopolítica como forma de gobierno, la elección en Estados Unidos de este martes 3 de noviembre tiene una implicación que suele quedar relegada en la conversación pública: el resultado del Senado puede ser más determinante que el de la Cámara de Representantes.

Hasta hoy, la lectura dominante se ha concentrado en quién controlará la Cámara Baja. Sin embargo, la pregunta central no debería limitarse a identificar al partido ganador. Lo verdaderamente relevante es determinar ¿qué cambia para México, para los cárteles, para el gobiernito de AMLO en la persona de Claudia Sheinbaum y para la oposición mexicana? según la combinación de resultados que produzcan las urnas.

Mañana, aunque en realidad desde hace días por correo y en algunos de los estados de la Unión, los estadounidenses renovarán la totalidad de la Cámara de Representantes y 35 escaños del Senado. El desenlace puede producir distintos equilibrios de poder en Washington, pero no todos tendrán el mismo efecto sobre la relación bilateral.

Una mayoría republicana en ambas cámaras sería, desde la perspectiva de quienes buscan mantener la presión estadounidense contra las redes de corrupción y crimen organizado, el escenario más favorable.

No obstante, el control republicano del Senado podría ser suficiente para preservar los instrumentos esenciales de esa presión, incluso si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes.

En México, la pregunta habitual ante una elección estadounidense es ¿quién ganará? Esa formulación, aunque comprensible, resulta insuficiente. La cuestión útil es otra: ¿qué capacidad institucional conservará cada partido para actuar sobre la política exterior, la seguridad y la relación con México?

La diferencia no es menor. El resultado electoral puede modificar la intensidad de la presión sobre el gobierno mexicano, la manera en que se administren los conflictos diplomáticos y el margen de maniobra de las agencias estadounidenses involucradas en la lucha contra el tráfico de drogas.

También puede alterar las condiciones políticas en las que operen los cárteles y las redes de protección que los rodean.

El peso del Senado sobre el gobiernito 4T

La razón principal de la importancia del Senado se encuentra en sus atribuciones constitucionales. La Cámara Alta tiene un papel central en la política exterior y en la confirmación de los principales funcionarios responsables de ejecutarla.

El Senado participa en la ratificación de los nombramientos del secretario de Estado, el secretario de Defensa, el embajador en México y el administrador de la DEA. También interviene en la aprobación de fiscales federales encargados de casos relacionados con corrupción, crimen organizado y narcopolítica, así como en la confirmación de mandos militares que podrían participar en la planeación de operaciones en el hemisferio.

A ello se suma su papel en la ratificación de tratados internacionales y en los procedimientos de juicio político. Si la Cámara de Representantes acusa al presidente, corresponde al Senado juzgarlo. En consecuencia, la Cámara Alta no sólo influye en la designación de funcionarios: también puede funcionar como un contrapeso institucional frente a las decisiones de la Casa Blanca.

Un Senado republicano puede mantener en funcionamiento la estructura humana y burocrática de la presión sobre México, aun cuando los demócratas controlen la Cámara de Representantes. En ese escenario, la administración estadounidense conservaría mayores posibilidades de contar con funcionarios alineados con una estrategia firme en materia de seguridad, migración, combate al narcotráfico y política exterior.

Un Senado demócrata, por el contrario, tendría la capacidad de ralentizar o modificar esa estructura. No necesariamente tendría que aprobar una nueva ley para producir cambios. Bastaría con retrasar confirmaciones, bloquear nombramientos o condicionar la ratificación de funcionarios y acuerdos para vaciar gradualmente la maquinaria de presión.

La Cámara de Representantes no es decisiva

La Cámara de Representantes seguirá siendo relevante. Su control determina la agenda legislativa, la capacidad de iniciar investigaciones y el margen para aprobar leyes presupuestarias o impulsar procedimientos contra funcionarios de la administración.

Además, una mayoría opositora en la Cámara puede convertir la política exterior en un terreno de confrontación permanente con el Ejecutivo. Las comisiones pueden abrir investigaciones, citar funcionarios y revisar la actuación de las agencias que participan en la cooperación con México.

Sin embargo, la Cámara de Representantes no tiene la misma capacidad que el Senado para confirmar o bloquear a los funcionarios que ejecutan la política exterior. Puede ejercer presión política y presupuestaria, pero no controla por sí sola la composición de los equipos responsables de negociar, investigar, sancionar o coordinar acciones de seguridad.

Por eso, la atención casi exclusiva sobre la Cámara Baja puede conducir a una conclusión equivocada. Una victoria demócrata en esa cámara no necesariamente significaría el fin de la presión estadounidense sobre México. Si el Senado permaneciera en manos republicanas, buena parte de los instrumentos institucionales seguiría intacta.

Tres escenarios y sus consecuencias

1) El primer escenario sería una victoria republicana tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. Para la oposición mexicana y para quienes consideran prioritario impedir la consolidación de redes de narcopolítica, éste sería el resultado más favorable.

Con el control de ambas cámaras, los republicanos tendrían una plataforma legislativa más amplia y una mayor capacidad para coordinar investigaciones, controlar presupuestos, confirmar funcionarios y sostener una estrategia de presión sobre el gobierno mexicano. La agenda bilateral podría quedar más estrechamente vinculada a la seguridad, el tráfico de drogas, la corrupción y la cooperación judicial.

En este escenario, la presión no dependería únicamente de declaraciones presidenciales. Podría expresarse mediante audiencias legislativas, condicionamientos presupuestarios, exigencias de cooperación y una política de nombramientos orientada a reforzar la actuación de las agencias estadounidenses involucradas en la relación con México.

Para el gobierno mexicano, esto implicaría un entorno más exigente. La capacidad de responder a las presiones de Washington no dependería sólo de la relación personal entre los presidentes, sino también de la coordinación con un Congreso dispuesto a utilizar sus atribuciones para mantener el tema mexicano en el centro de la agenda política estadounidense.

2) El segundo escenario sería una división del Congreso: los demócratas controlarían la Cámara de Representantes, mientras los republicanos conservarían el Senado. Éste es el escenario que mejor demuestra por qué la Cámara Alta es la pieza decisiva.

Los demócratas podrían impulsar investigaciones, bloquear iniciativas de la Casa Blanca y utilizar la Cámara para cuestionar la política del Ejecutivo. También podrían convertir la relación con México en un asunto de debate público y exigir explicaciones sobre la actuación de las agencias de seguridad.

No obstante, el Senado republicano conservaría la capacidad de confirmar a los funcionarios que ejecutan la política exterior y de sostener la arquitectura institucional de la presión sobre México. La Cámara baja podría dificultar la acción del gobierno, pero tendría menos capacidad para desmantelar los equipos responsables de la política de seguridad y cooperación bilateral.

Para México, éste sería un escenario de conflicto político en Washington, pero no necesariamente de relajamiento de la presión. La confrontación entre el Ejecutivo y la Cámara podría producir incertidumbre, aunque la estructura central de la estrategia estadounidense permanecería operativa.

3) El tercer escenario sería una victoria demócrata en la Cámara de Representantes y el Senado. En ese caso, los demócratas tendrían mayores posibilidades de modificar el enfoque institucional hacia México y de revisar la intensidad de la presión ejercida mediante nombramientos, cooperación judicial y política exterior.

El cambio no tendría que producirse de manera inmediata. Un Senado demócrata podría comenzar por retrasar confirmaciones, cuestionar perfiles y exigir compromisos a los funcionarios propuestos por la Casa Blanca. Con el tiempo, ese proceso podría alterar la composición de la maquinaria humana que sostiene la política estadounidense hacia México.

La consecuencia no sería necesariamente una ruptura de la cooperación bilateral ni el abandono de la lucha contra el narcotráfico. Pero sí podría cambiar la forma en que Washington define sus prioridades, distribuye recursos y responde a los conflictos con el gobierno mexicano.

Para el gobiernito de Sheinbaum, una mayoría demócrata en ambas cámaras abriría un margen mayor para negociar y reducir la presión en algunos frentes. Al mismo tiempo, implicaría nuevas exigencias en materia de derechos humanos, transparencia, instituciones y rendición de cuentas, dependiendo de la agenda que el Congreso decidiera impulsar.

¿Qué le conviene al régimen de Cuarta? ¿Qué resultado será el más conveniente para los mexicanos que nos oponemos a la consolidación de la narcopolítica en nuestro país?

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