- Ante temperaturas extremas y más de 1,300 muertes adicionales asociadas al calor en Europa, especialista IBERO advierte que los edificios deben responder a un clima que ya cambió.
- El Dr. Víctor Arvizu señala que México tiene el reto de actualizar construcciones existentes, fortalecer normas y formar arquitectas y arquitectos con enfoque bioclimático.
La reciente ola de calor en Europa volvió a mostrar que las temperaturas extremas ya no son una amenaza futura, sino una emergencia presente. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, más de 1,300 muertes adicionales se han asociado al calor registrado en Europa desde el 21 de junio, en un contexto en el que alrededor de 150 millones de personas viven bajo condiciones de calor extremo.

Ante este escenario, la pregunta rebasa la coyuntura europea y alcanza a México: ¿estamos construyendo viviendas y edificios preparados para un clima que ya cambió?
Para el Dr. Víctor Arvizu, académico del Departamento de Arquitectura, Urbanismo e Ingeniería Civil de la Universidad Iberoamericana, la crisis climática “nos está rebasando”, no sólo por la magnitud de sus efectos, sino por la limitada capacidad de reacción que tienen las ciudades, las viviendas y el sector de la construcción.
“Nos está alcanzando mucho más pronto, no solamente de lo que creíamos, sino de la capacidad de reacción que tenemos ante todo esto”, explicó el especialista, coordinador de la Especialidad en Energía en la Edificación Sustentable de la IBERO.


Edificios: parte del problema y de la solución
El Dr. Arvizu señaló que los edificios no son ajenos al calentamiento global: tienen una responsabilidad directa. De acuerdo con el especialista, el sector de los edificios es responsable de 37% de las emisiones de carbono a nivel global, si se considera todo su ciclo de vida: materiales, construcción, transporte, uso y fin de vida. De esto, el 70% proviene de la energía que consumen las viviendas durante su uso.
Por ello, la discusión sobre calor extremo no puede limitarse al uso de aire acondicionado. Para el académico, el reto está en diseñar espacios que logren confort térmico con menor consumo energético, a partir de estrategias como orientación adecuada, ventilación natural, protección solar, selección de materiales y análisis puntual del sitio.
“No hay una receta general que aplique para todos los edificios”, advirtió. Cada proyecto, dijo, debe responder al clima, a la radiación solar, a la precipitación, al viento, al entorno construido y a las personas que van a habitarlo.

Desde la arquitectura bioclimática, añadió, es posible reducir la dependencia de sistemas mecánicos de enfriamiento. Sin embargo, eso exige entender cómo se comporta cada lugar: de dónde viene el viento, cómo incide el sol, qué obstrucciones tiene el terreno (sobre todo en entornos urbanos) y qué tipo de materiales conviene utilizar.
El especialista también distinguió entre ahorro y eficiencia energética. Ahorrar energía puede significar apagar la luz o no usar aire acondicionado, aunque las personas pierdan confort. La eficiencia, en cambio, implica usar energía de forma adecuada e inteligente, sin sacrificar condiciones de habitabilidad.
El reto mexicano: normas, edificios existentes y formación

México, señaló Arvizu, no parte de cero. Existen normas oficiales mexicanas sobre eficiencia energética en edificios residenciales y no residenciales. El avance reciente, explicó, es que a finales de 2024 estas normas se vincularon al Reglamento de Construcción de la Ciudad de México, lo que permite que su cumplimiento sea operativamente obligatorio.
Aun así, consideró que no basta con tener normativas. También se requiere que el sector profesional esté preparado para aplicarlas y que las autoridades cuenten con capacidad técnica para dar seguimiento a su cumplimiento. De lo contrario, advirtió, las reglas pueden quedar en letra muerta.
Otro gran desafío está en los edificios existentes. Buena parte del parque construido fue diseñado décadas atrás, sin criterios de eficiencia energética, impacto ambiental o adaptación climática. Por ello, no sólo se trata de construir mejor hacia adelante, sino de renovar, adecuar y mejorar lo que ya existe.
En la IBERO, dijo, este reto se aborda desde la formación de estudiantes en el Laboratorio de Bioclimática, con herramientas de análisis, maquetas, túnel de viento, simulaciones térmicas y estudios de incidencia solar. La meta es que las futuras personas arquitectas puedan diseñar edificios más eficientes, confortables y preparados para temperaturas extremas.
Ante los desafíos que plantea el cambio climático, estudiar Arquitectura implica mucho más que diseñar espacios: significa imaginar formas de habitar más sostenibles, eficientes y humanas. En la Licenciatura en Arquitectura de la IBERO, las y los estudiantes se forman con una mirada crítica, social y ambiental para responder a los retos actuales de las ciudades, la vivienda y la edificación sustentable.
En medio de un escenario en el que las olas de calor serán cada vez más frecuentes, la arquitectura no puede limitarse a levantar muros. Tiene que aprender a leer el clima. Y, sobre todo, a cuidar la vida que ocurre dentro de los espacios.